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El artista.

Cuento breve. Rosi Garita
24 octubre 2009

 Pintaba mientras pensaba que podía agarrarse de un cable  de alta tensión y sobrevivir protegido por la paleta de sus colores.

 Al espacio y al tiempo los había metido en una lata vacía de aceite de oliva donde guardaba los pinceles.

 La tela en sus manos estaba llena de visiones. Era una luna blanca caída en un charco de nieve derretida, en la que removiendo con el pincel, podía expresar, sentir, cruzar la realidad ilimitada, ir a saltitos por el cementerio dándole vida a los muertos.

 Era una sombra sonámbula. Cuando pintaba, no comía.

 Alguna noche lo agarró desprevenido y olvidó prender la luz y se alumbró con la iluminación que no existe para el ojo humano. Se acordaba de prender la luz cuando iba a colgar la tela terminada y no encontraba los clavos. Al clavar, por alguna razón de esas que no tienen razón de ser, se le abría el apetito. Entonces se sentaba a la mesa vacía y cortaba un mango cele, invisible, en tajadas delgadas, lo salpicaba con un poquito de sal y se lo comía mientras ponía a hervir agua para prepararse un poco de café.







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